Fototropismos veraniegos

Vivimos en el mundo de los  eventos  llenapistas donde lo único importante son los números, pero olvidamos que con ese criterio descubrir algo se vuelve imposible. Y, sin embargo, buscamos emociones exclusivas, únicas e intransferibles… exactamente igual que esos  mil trescientos que tiene a su lado. Habría que ir pensando qué es lo que se quiere, al margen de likes, impactos económicos y repercusión, si queremos experiencias o queremos reverencias. Y mientras cada uno va a lo suyo, nosotros a lo nuestro: apostar por la fotografía, por las historias que cuentan como son los lugares que habitamos o buscar herejes, que alguno queda.

Como decía una madre: lo han conseguido, al final el crío hará humanidades, aunque en realidad estuviera pensando  que ni para pianista en un puticlub iba  a servir, y es que cada uno tenemos nuestro codazo de Tassoti.  Hay derrotas sociales y derrotas personales, no hay que confundirlas. Las primeras conforman el relato, la visión de la realidad,  ya sabe, instagram, el plan de pensiones y los candidatos electorales: consiste en crear ficciones y esperar al más allá. Pero  las segundas, ay las segundas,  como en las ejecuciones o las fiestas de Ciudadanos, es mejor no ir a partir de según que horas, que casi no queda nadie. En fotografía (por no hablar de los psicoanalistas, esos confesionarios modernos, con lo barato que eran los curas y los camareros), consiste en mirar por el ojo de una cerradura y ver esa mezcla de pasado y deseo que llamamos memoria antes de pasarla por el tamiz del pensamiento, como Villarejo cuando se queda sin pilas en la grabadora y tiene que resumir en una servilleta. De esas, ejem, reflexiones, emergen imágenes que explican mundos desconocidos de tan habituales, o  hacen preguntas, a veces  sencillas, como escuchar la noche cuando se apaga el ruido de la nevera o complejas, como evitar mirar el móvil  en la cola del supermercado, pudiendo hablar con la profesora de albanés, que  solo lleva en la cesta  mantequilla y profilácticos.

Como siempre, habrá exposiciones de los trabajos que han ganado las convocatorias de Emergentes y Open Gran Formato, estas últimas en las calles de Barbastro, mientras la Librería Ibor participa  con su coqueta sala de exposiciones. Otros lugares, como el cine Principal y las Verotipias mostrarán los trabajos de fotógrafos locales, desarrollando ideas que se enredan en simbiosis con esos espacios de exposición, ora el mundo del cine, ora el agua del río Vero. Y vuelve el Kosofoto, ese espacio de intercambio y encuentro donde dejar o coger fotos, construir misterios o destruir prejuicios.

Este año BFoto vuelve a hacer la calle para que alérgicos culturales, eremitas,  tiktokers y  políticos refractarios sean interpelados por imágenes que esperan acechantes en el espacio público. Otras, más reservadas, aguardan en la intimidad de los interiores, como debajo de las sábanas. Claro que habrá más actividades, y habrá que resucitar por la mañanita,  y habrá que cerrar el bar al morir la noche, y habrá también que pagar… ya lo dice la canción.  Y es que  al festival le ha entrado complejo de Lola Flores: no canta, no baila, no se la pierdan.

Fotografía: Agata Mendziuk, Closer, Open Gran Formato 2022
Publicado en Ronda Somontano



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